El ruiseñor y la golondrina (cuento, primera parte)

Aquí comienza la historia de Hirondel y Filomel,
también llamada “El ruiseñor y la golondrina”

Hay en el bosque un pájaro que canta sin descanso toda la primavera. Lo llaman el ruiseñor, y su canto es el más dulce que ha besado un oído humano. Los hombres acuden a oírlo de todas partes, tristes y alegres, ricos y pobres; pues para cada oído canta el ruiseñor una canción, y cada uno oye lo que necesita oír.
Y el ruiseñor en su canción cuenta una historia, ya nadie sabe cuál. Unos dicen que es una historia triste; otros, que la es dichosa. Nadie lo sabe a ciencia cierta hoy, pues ya nadie comprende el idioma en que canta el ruiseñor.
Esta es la historia que ese pájaro canta, una historia que los hombres han olvidado, y no quieren recordar.

Cuando el mundo aún era joven había un reino llamado Neis, que se extendía entre verdes colinas a lo largo de un valle. En el momento en que nuestra historia comienza reinaba en Neis el rey Calinifes. Y este rey tenía dos hijas, Hirondel y Filomel, que eran bellas como no había en el mundo una tercera. Neis era un reino pequeño, sin grandes riquezas, cuya gente se despertaba y se dormía temiendo una invasión de alguno de los poderosos reinos vecinos. Por eso, el rey decía siempre que Hirondel y Filomel eran la única riqueza del reino.
Hirondel, que era la mayor y la más bella, tenía cuando esta historia comienza catorce años. Quien la veía, caía herido por su belleza: por su piel blanca como el marfil, su cabellera áurea como la del astro rey, y sus ojos del color de la medianoche. Tan poderoso era su hechizo, que al cumplir los trece años el rey la había hecho vestir un hábito gris que negaba al Sol toda su blanca piel, y ocultaba su deslumbrante faz bajo una capucha. Pero a través de dos redondos orificios, la medianoche de sus ojos seguía acechando.
Cuando Hirondel cumplió los catorce años, el rey, siguiendo la ley de los ancestros, hizo una fiesta en palacio para celebrar que la niña ya era una mujer. Envió mensajeros a caballo invitando a todos los nobles del reino y a los príncipes de los reinos vecinos. Pero el padre de Hirondel guardaba a su hija para el poderoso Manes, rey de Catenaria: una tierra de montes escarpados y vientos veloces, que aguardaba, custodiada por sus fiordos, allende el golfo tormentoso. Pues Catenaria era entonces el reino más rico y poderoso en el mundo.
Así Calinifes envió a Catenaria cuatro carruajes blancos tirados por dieciséis corceles blancos de blancas crines, cargados con gemas y sedas y confituras. El último carruaje era dorado, y dorados corceles lo tiraban. Su única puerta había sido sellada fundiendo los cerrojos: detrás de ella había un retrato de Hirondel, de pies a cabeza, en tamaño natural. Ocho pintores, cegados por su belleza, habían muerto retratándola; el noveno había quedado ciego al terminar la obra.
Cuando Manes vio el retrato, cayó herido por la belleza de Hirondel. Y mandó preparar su mejor carruaje, y cargarlo con sus más preciosas gemas, y lo envió a Neis. Y más tarde envió dieciocho carruajes llenos de vigorosos esclavos, y treinta y seis bellísimas y sensuales bailarinas. Y por último, un mensajero a caballo, prometiendo al padre de Hirondel que el gran Manes estaría en la fiesta para honrar a su hija.
La víspera de la fiesta, el rey mandó llamar a Hirondel y salió con ella al jardín. Hirondel no estaba oculta bajo el hábito, pues no lo usaba en el palacio excepto en presencia de los siervos, o de algún visitante.
Se sentaron, uno frente al otro, en sendos bancos de piedra, a la sombra de un sauce inmemorial.
El rey habló:
- Hirondel, hija mía.
- Te oigo, mi padre y mi rey.
Hojas y flores temblaron, sintiendo el aliento de Hirondel.
- Mañana, en tu celebración, todos los nobles de nuestro reino y los príncipes de los reinos vecinos caerán, heridos por tu belleza. Todos ellos te desearán, y te cortejarán, y todos querrán tener tu mano. Tu danzarás con quien te lo pida; y con todos serás amable, mas distante. Sólo para el gran rey Manes tendrás ojos de mujer, pues sólo él es digno de ti en todo el mundo.
Y los ojos de medianoche brillaron.

Por la noche, cuando la familia real hubo concluido su cena, Hirondel y Filomel se retiraron juntas hacia la torre en la que sólo ellas dos dormían. Como todas las noches, Filomel entró con Hirondel a la alcoba de ésta, para pasar un rato con ella antes de ir a dormir.
Hirondel apagó las velas, y abrió la ventana.
Arriba, el cielo estaba rociado de estrellas, intensamente azul. Hacía una brisa suave, y las hojas de los árboles temblaban.
Hirondel se desvistió, para que la luz de la luna bañara su cuerpo.
Filomel se sentó a contemplarla. Ella era aún una niña, pero Hirondel, Hirondel ya era una mujer. ¡Y qué bella mujer era! Pero ahora que era mujer, ya no era su compañera de juegos: se había alejado de ella como si una ráfaga de viento se la llevara, y Filomel ya no podía jugar con ella, sólo podía admirarla, contemplar su vuelo como el de un inalcanzable cometa del cielo. ¡Qué bello era su cuerpo! Filomel deseaba que su cuerpo fuera así de bello, que los hombres cayeran heridos por su belleza, como caían heridos por la belleza de Hirondel.
- Hirondel, ven aquí – dijo Filomel – Pueden verte.
- ¿Pueden verme? ¿Quiénes? – Hirondel aspiró profundamente el aire de la noche, como si quisiera ahogarse en él – Sólo la Luna y las estrellas. Y la Luna y las estrellas son mujeres, como yo lo soy.
- No todas, Hirondel – respondió Filomel – No todas las estrellas son mujeres.
Hirondel se dio vuelta hacia ella, sonriendo. Cuando le sonreía así, el desconcierto de Filomel se desvanecía, y volvían a ser compañeras de juegos.
- ¡Soy feliz, hermanita! – exclamó Hirondel, y saltando y riendo se abrazó a Filomel.
Ahora asomaban lágrimas a los ojos de Hirondel, y esas lágrimas caían sobre los hombros níveos de Filomel, y ardían en su piel como gotas de fuego.
Hirondel suspiró.
- Filomel, cuéntame la historia de Algdor.
Algdor era la estrella que más brillaba en el cielo. De la mano, se asomaron a la ventana y la contemplaron.
Desde niñas habían amado esa historia, que Arcante, el mago del reino, había enseñado a Hirondel, e Hirondel había contado a su hermana noche tras noche en ese mismo dormitorio. Ahora, por primera vez, sería Filomel quien la contara.
Filomel habló:
- Cuando aún no existía el amor, vivía una doncella llamada Alg y un mancebo llamado Dor. Ella era pobre, y él era rico, pero un día en el río, que no pregunta quién es rico y quién es pobre, sus miradas se encontraron de orilla a orilla mientras los dos sacaban agua con sus cántaros. Ese fue el momento en que el Amor destelló por vez primera en nuestro mundo. Y ellos se entregaron al Amor; al Amor, que aún no tenía un nombre cuando ellos lo encontraron, como si fuera una gema traslúcida en las aguas del río, esperando los ojos cuya luz fuera capaz de descubrirla.
“Pero el Amor no existía aún en el mundo; y aunque los hombres y las mujeres hacían el amor para tener hijos, y vivían bajo un mismo techo cuando había un hijo que criar, nunca se miraban a los ojos, porque no conocían la chispa que enciende los corazones y los abrasa hasta hacerlos una sola llama, y que nosotros llamamos Amor. No hacían el amor si no era para tener un hijo, y no vivían juntos sino había un hijo que criar.
“Por eso la gente se quedó sin habla cuando vio que Alg y Dor se amaban, pues no entendían lo que veían. Y como la gente teme a lo que no entiende, y odia lo que teme, una noche todos los que vivían en el valle, hombres y mujeres, ricos y pobres, se reunieron con antorchas y prendieron fuego al lecho de Alg y Dor mientras Alg y Dor hacían el amor.
“Y Alg y Dor murieron amándose, abrasados en el fuego impuro que los que no podían amar habían encendido para ellos. Pero un fuego puro nació al morir sus corazones, y alzó vuelo en la noche como un águila de luz, hasta situarse justo en el centro de la bóveda azul, donde hoy está la estrella que llamamos Algdor.
Filomel calló. Rasgaron el silencio sólo los grillos, y los sollozos de Hirondel, entrecortados.
- Hace tanto que espero este momento, hermana mía – dijo Hirondel. Su corazón latía de prisa, queriendo por momentos detenerse hasta morir. La sangre fluía ardiendo por sus venas, y su pecho agitado estallaba casi en el anhelo.
- Quisiera ser tú – susurraba Filomel.

A la mañana siguiente, Hirondel vistió el hábito gris y salió del palacio por la puerta, que daba al Oeste, y dio una vuelta al palacio, para salir del jardín por el Este. Al Oeste, a lo largo del río, estaban las casas de la aldea; pero al Este no había casas, sino un bosque. Y en una cabaña en ese bosque vivía Arcante, el mago del reino.
Era un bosque frondoso, verde en primavera y amarillo en otoño. En verano estallaba en colores; en invierno en cambio, era un grisáceo desierto de árboles.
La mañana de la que hablo era verano: una florida maleza brotaba del suelo, y se desparramaba verde entre los árboles; los frutos colgaban maduros de sus ramas, los pájaros cantaban sin descanso. Y el bosque todo bullía rumoroso de vida.
La casa de Arcante estaba muy cerca del palacio; pero nadie llegaba a ella, a menos que el mago lo quisiera. El propio rey podía darse cuenta si Arcante quería verlo o no, de acuerdo a lo que demoraba en encontrar su casa.
Esa mañana, Hirondel llegó con sólo dar unos pasos dentro del bosque, y Arcante la esperaba en la puerta.
- Que tengas un buen día, hija mía.
Hirondel descubrió su hermosa cabeza, y sonrió. Sus rubios rizos se agitaron en los hombros rústicos del hábito.
- Gozad vos también de un buen día, oh mago. Yo deseo, sobre todo, gozar de esta noche.
- Gozarás, hija mía, gozarás.
Miró a Hirondel con esa mirada sin tiempo que despertaba el miedo, y por temor a la cual muchos en el reino no osaban visitarlo. Hirondel era para él como una hija, y ella se sentía con él más a gusto que con su propio padre; pero no cuando la miraba así.
- Has venido a hacerme una pregunta.
- Oh, mago, sólo quiero saber, decidme: ¿qué sentiré cuando haga el amor?
El mago respondió:
- Lloverán las estrellas.
- ¿Queréis decir – repuso Hirondel, pues el mago gustaba dar respuestas enigmáticas -: sentiré como si una lluvia de estrellas se derramara dentro de mí?
- Lloverán las estrellas – repitió el mago, y calló. Ahora su mirada sin tiempo se había ido, y era Arcante, un padre y un amigo para Hirondel – Ya he contestado tu pregunta, hija mía. Ahora pasa, siéntate a tomar una deliciosa infusión que los duendes del prado me han obsequiado esta mañana; y conversemos un rato como amigos, ya que esta noche será la última vez que nos veamos.

El ocaso sangraba sobre el bosque. Hirondel contemplaba desde lo alto de la torre.
Murmuraba:
- Lloverán las estrellas...

Qinara, el aya de Hirondel, vestía a la princesa. Filomel admiraba.
Hirondel no había elegido un vestido suntuoso. ¿Había acaso prenda que pudiera hacerla más bella de lo que era? En su cintura, el vestido suave, sencillo que había mandado hilar parecía la corola de una de las frágiles flores del valle de Neis. Mirándola, Filomel suspiraba.
Hirondel despidió a Qinara, y luego a Filomel, y se quedó sola, tendida en su cama, la ventana abierta.
Hirondel esperaba.
Esperaba.
La noche llegó, como una marea azul que inundara el cielo. Salió la Luna; salieron las estrellas. Algdor se situó en el centro de la bóveda azul.
El tintineo de una campanilla sacó a la princesa de su ensueño. Era Qinara, que venía a buscarla: los invitados ya habían llegado, y la fiesta comenzaba. Hirondel se puso el hábito gris por última vez, y salió.
Bajó las escaleras, del brazo de su aya.
No sentía las cien miradas. Sólo quería saber dónde estaba su rey. Sólo registraba el salón con sus ojos, en busca de alguien que hiciera latir su corazón.

Todos los invitados, menos uno, estaban en el gran salón del palacio, que esa noche lucía sus más espléndidos cortinajes. Eran cincuenta nobles solteros, y otros tantos acompañados de sus nobles esposas e hijas. El rey y la reina en persona habían elegido del tesoro del reino los atavíos que esa noche hacían más bella su gran casa. Arañas de oro, únicas en ese reino, con todas sus teas encendidas; escudos de todos los reinos y señoríos invitados; largas mesas de la madera más noble de Neis, madera de un árbol cuyo nombre ya nadie recuerda, ofreciendo manjares en fuentes de plata y licores en ánforas de esmaltada cerámica. Una alfombra de azul terciopelo recibía a los invitados y, girando a uno y otro lado, los llevaba de mesa en mesa en un recorrido que extasiaba los sentidos.
Los músicos sonaron sus trompetas, y un lacayo anunció:
- ¡Su Alteza Real la princesa Hirondel de Neis!
Y todos, hombres y mujeres, miraron hacia la escalera, creyendo que por fin verían a la mujer cuya fama había trascendido el golfo, pero Hirondel descendía escondida en su hábito gris.
Las trompetas sonaron otra vez, y desde el centro del salón, el rey habló:
- ¡Esperamos al último invitado! Es un noble cuya presencia nos honrará a todos. Cuando haya llegado, saldremos al jardín, donde aspiraremos el aire de la noche y la princesa Hirondel, que ayer era niña y mañana será mujer, nos obsequiará con una danza tradicional de nuestro reino. Es la llamada Danza de la Ostraperla, pues en ella la bailarina descubre su encanto como una ostra que se abre mostrando la perla que ha estado creciendo en su seno.
El rey calló. Y justo en el momento en que callaba, un trueno de trompetas resonó más allá de las paredes. La puerta se abrió, y un heraldo en armadura dio un paso adentro del salón para anunciar:
- ¡Su Majestad Real el Todopoderoso Manes, rey de Catenaria!
El heraldo se perdió en la sombra del jardín, y Manes entró, un hombre más alto que todos los que allí estaban, con un traje de oro y una capa de plata.
En la tiniebla interior de su hábito, Hirondel lo contemplaba. ¡Ese sí era un hombre! Más alto que el mago, que era el hombre más alto de Neis; más alto que Arcante, y fuerte además, no como el mago, con la fortaleza de un árbol anciano, sino con la fortaleza de una espada. Todo en él sugería poder, oro, fuego: su gran espalda, su sólido pecho; su cuello fuerte, su mandíbula firme, sus ojos de acero. Hirondel soltó el brazo de su aya; podía oír su propio aliento rasgando la tela interior de la capucha.
El rey de Neis se adelantó e hizo una reverencia, que el rey de Catenaria retribuyó. Calinifes se veía pequeño frente a Manes, se veía débil, viejo. Su traje de seda, que todos habían admirado, era pobre frente al oro y la plata de allende el golfo.

El rey y la reina, Hirondel y Filomel, Manes y todos los invitados salieron al jardín, que brillaba con reflejos verdes y plateados a la luz de cien antorchas.
Allí, el mago de Neis esperaba. Lo rodeaba un círculo de velas azules, sus pies inmóviles en el centro.
Sin hablar, sin mirar a nadie, Arcante tomó su lira de siete cuerdas y tocó.
Y todos miraron al Cielo, para ver a las siete estrellas que se encendían y apagaban una después de otra, fulgurando cuando se encendían como un pequeño sol. Era la lira de Arcante, cada una de cuyas cuerdas está unida en su alma a una estrella: y cuando el mago pulsaba una cuerda, su estrella brillaba más que todas las otras en el Cielo. La séptima cuerda era Algdor, y esa lira aún existe en este mundo; pero ya nadie la sabe tocar, ni recuerda cuáles eran las estrellas.
Hirondel danzó, con la gracia y la destreza que se requerían de una princesa de Neis, pero bajo el hábito los invitados no podían apreciar su danza, y seguían mirando hacia el Cielo, deslumbrados por las estrellas que se encendían y se apagaban. La danza de los astros era más bella que la danza de Hirondel, y el cielo estrellado brillaba más que la princesa gris. Pero luego Arcante sostuvo su dedo en una misma cuerda para que Hirondel girara en el aire un largo instante, y cuando el mago detuvo su dedo en la cuerda de Algdor y Algdor alumbró el jardín como el Sol lo alumbraba de día, la princesa se quitó sus grises botas y las arrojó al aire, para que las manos de dos elegidos las atraparan.
Desde ese momento nadie en el jardín volvió a mirar las estrellas mientras Hirondel danzaba su veloz y grácil danza, despojándose de una pieza del hábito cada vez que Arcante hacía que Algdor se encendiera como el Sol. Todos admiraban ahora la figura mágica de una mujer infinitamente bella, velada por su vestido, color de aguamarina y suave como las algas. Hasta que el mago deslizó su dedo índice a lo largo de la cuerda de Algdor, y la estrella brilló más que el mismo Sol, cegando a los invitados mientras Hirondel se quitaba la capucha y la arrojaba lejos de sí.
Algdor se apagó, y la vieron.
Todos los hombres, cegados por la belleza de Hirondel, perdieron el aliento y se quedaron sin habla y algunos cayeron desmayados. El corazón de un noble se detuvo, y nunca volvió a latir; otro enloqueció, que había sido de todos el más cuerdo; y un tercero quedó ciego, pues sus ojos no habían soportado la visión de una tal belleza – belleza como ya no existe en este mundo, ni nunca volverá a existir.
Pero Hirondel miraba a Manes, y Manes miraba a Hirondel, su augusta cabeza asomando sobre las cabezas de los mudos, los ciegos y los locos.
Y aunque la Danza de la Ostraperla había terminado, Hirondel siguió bailando, siempre mirando a Manes. Y cada vez que Arcante hacía que Algdor se encendiera, Hirondel giraba, y su vestido giraba en su cintura semejando los pétalos de una flor... Hasta que la princesa, incapaz ya de seguir, cayó a los pies de Manes como un lirio desmayado.

Tómame, oh mi Señor. ¡Tómame!
Aquí yazgo a tus pies, sólo para que me tomes. Sólo para que tú me tomes ¡tómame, Señor!
¿Cuántas veces deberé rogarte? ¿No me ves? Aquí yazgo a tus pies. Soy un lirio desmayado, soy una mariposa cuyas alas se han cansado. ¡Ah, sólo tu amor puede darme fuerzas para seguir volando! ¡Tómame, Señor, tómame!
Soy una flor en tu camino ¡No me pises, tómame!
Soy un arroyo en tu camino ¡No me saltes, bébeme!
Soy un ave que canta en tu jardín ¡No me des caza, dame un nido en tu pecho!
Sólo en tu pecho quiero vivir, si he de seguir viviendo. Y si he de morir ¡en tu pecho muera, Señor!

Manes se arrodilló a los pies de Calinifes, y tomando entre sus manos las manos del rey de Neis, dijo:
- Oh mi rey: os ruego me deis la mano de vuestra hija, para hacerla mi esposa y dueña de mi corazón y reina de mi reino, para amarla y honrarla a ella y sólo a ella, hasta que la muerte nos separe.
- Mi hija es vuestra, oh mi rey.
Y todas las trompetas del rey sonaron en el palacio, y todas las trompetas de Manes sonaron fuera del palacio como un trueno; y Arcante pulsó las siete cuerdas de su lira, y Algdor brilló como el mismo Sol.

Hirondel partió al amanecer. Partió en el dorado carruaje de Manes, tirado por corceles negros con monturas de oro. El viejo Sol asomaba sobre el bosque, ahogando las estrellas en su blanca luz.
Feliz, la princesa se abrazó a su padre y a su madre, y a su amigo Arcante el mago. Lloraba cuando abrazó a Filomel, diciendo:
- ¡Ven a visitarme, hermanita! ¡Todo el tiempo estaré pensando en ti!
Y en su oído susurró:
- Por las noches, mira a Algdor, que yo también la estaré mirando.
Y corrió. Un escolta abría para ella la puerta del carruaje. Hirondel se sentó junto a su rey, descansando una mano entre las manos de él, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.

El viaje duró doce días y doce noches. Al caer la tarde del primer día, los trece carruajes dejaron atrás el fértil valle de Neis; a partir de entonces, sus ruedas surcaron el desierto y la meseta, bordearon el golfo y cortaron el viento. Salvaron, bajo un sol frío, el alto paso de la cordillera nevada. Y por las noches Hirondel miraba Algdor; esas doce noches, hasta dormirse Hirondel contempló Algdor.
Ella y su rey dormían en tiendas separadas; en la suya, Hirondel suspiraba por el connubio y el tálamo y el momento en que se conocerían.

La caravana entró en Catenaria. Desde lo alto de la cordillera, Hirondel contempló el país que ahora le pertenecía. Una inmensa llanura desierta, algunas mesetas en el horizonte lejano, un bosque oscuro envuelto en la niebla del atardecer. Al Este, los célebres fiordos que resguardaban al reino de los piratas, y el golfo gris, siempre gris.
Frío era el sol de Catenaria, frío, frío; desnudos sus vastos campos, donde ni una sola flor crecía. Nunca llovía en ese país, y casi todos los que en él vivían eran soldados o mineros; pues eran el arte de la guerra y la minería los que hacían a ese reino tan poderoso.
Al amanecer del décimo tercer día los trece carruajes llegaron al colosal palacio de Manes, todo de oro y diamantes y zafiros y rubíes. Inmensos y frondosos jardines lo rodeaban, adornados con caminos y glorietas de mármol y jade.
El palacio estaba en los alrededores de la ciudad capital de Catenaria, al pie de un cerro y en la linde de un bosquecillo, en el único valle verde de todo el reino. Un tornasolado río discurría lleno de vida desde la cima del cerro y moría en la ciudad, no sin bordear el palacio. Sobre el cerro caía la lluvia, la sola vez al año que en ese reino llovía. Era una breve y espléndida tormenta, que bastaba para alimentar al río durante todo el año. Y todas las flores que crecían en Catenaria, ese río las regaba.
Hirondel abrió los ojos. Su señor estaba a su lado, despierto ya. Sus acerados ojos la miraban.
Hirondel le sonrió.
Manes descorrió para ella la negra cortina. El Sol entró con toda su luz, hiriendo aquellos ojos de medianoche.
¡Allí estaba el palacio! Era el edificio más grande que Hirondel había visto en su breve vida. Acercarse a él era como acercarse a una montaña. Tal vez no fuera bello, pero era grande, y brillaba, brillaba, brillaba...
La escolta descendió por un camino lateral, perdiéndose. El carruaje real ascendió por el camino dorado hasta la puerta grande del palacio, por la cual sólo entraban personas de estirpe real.
El carruaje se detuvo ante la puerta. A toda prisa, los jinetes separaron a los caballos, y diez esclavos acudieron presurosos, portando dos largas barras de hierro. Pasaron las barras por sendos aros debajo del carruaje y levantaron éste a un metro del suelo.
Sonaron las trompetas, y un heraldo gritó:
- ¡Saludad a vuestro rey, que está de regreso!
Y otro heraldo:
- ¡Saludad a vuestra reina!
Y la puerta se abrió, descubriendo a un millar de súbditos que recibían a su rey y a su reina de rodillas, formando fila tras fila, apoyadas las mil frentes en el mármol, extendidos hacia delante los dos mil brazos.
- ¡Abrid paso!
Los mil súbditos se pusieron rápidamente de pie, y rápidamente se apartaron, formando una hilera en cada flanco del vasto salón al que Hirondel entraría por primera vez.
Manes e Hirondel entraron, en el carruaje portado por los esclavos. Y a su paso, los súbditos iban cayendo de rodillas, tocando el piso con la frente y extendiendo los brazos hacia delante.
Hirondel miraba maravillada, por la ventana del carruaje, las columnas y las paredes doradas ornamentadas de gemas, zafiros y esmeraldas y rubíes grandes como ella nunca había visto, y los súbditos arrodillándose a su paso como una ola, tantos que parecía que nunca iban a terminarse.
- Ahora eres una reina – dijo Manes en su oído, expresando sus propios pensamientos. Y agregó, en un susurro: - Tu vida cambiará.
Al fin llegaron frente a una puerta, tan grande como era todo en ese palacio.
Hirondel sintió en su oído:
- Prepárate, esposa mía, para entrar al Salón de las Espadas Cruzadas.
Hirondel dio vuelta la cabeza para mirar a su rey. Deseaba besarlo, pero sabía que aún no podía.

Escoltas abrieron las puertas del carruaje; el rey y la reina pusieron pie en el oro, él a la derecha, ella a la izquierda.
La gran puerta del palacio se abrió de par en par. Y al abrirse, Hirondel vio un salón tan vasto y de tan alta bóveda, que se diría podía contener todo el palacio real de Neis. Las lejanas paredes brillaban con el brillo del oro. Todo a lo largo de ellas, a la altura de un hombre, había parejas de espadas cruzadas una sobre otra, donde la espada de Catenaria se imponía a la de los incontables reinos que había conquistado. Allí estaban todos los países que Catenaria había conquistado a lo largo de los siglos, su espada vencida bajo la espada de Catenaria.
En el centro del salón se erguía un trono. Era de hierro y de oro y de las piedras más preciosas y brillantes, que cada día eran pulidas por afanosos esclavos. Tenía dos asientos con sus espaldares, para que la reina se sentara con su cabeza erguida a los pies del rey. Y sobre la cabeza del rey, debajo del centro de la bóveda, llameaba un fuego imperecedero.
Ahora Hirondel no tenía una sola dama de compañía, sino muchas, más de diez sin duda. Todas vestidas de blanco, formaron frente a su reina, y mirándola a la cara, dijeron sus nombres. Hirondel, así como los oía, los iba olvidando. Luego su rey le dijo que siguiera a una de ellas, la única que, sobre su vestido blanco, ceñía una faja roja. Hirondel obedeció, y la siguió por los amplios escalones de la escalera principal, hasta un vasto y blanco dormitorio preñado de silencio. Allí Hirondel descansaría, pero sólo hasta la nocturna hora en que sería esposa y reina. Sí, esa noche dormiría en el tálamo real.
El dormitorio estaba en una torre, cerca del cielo. La puerta se cerró, e Hirondel por la ventana veía la granítica ciudad, los hombres caminando por las calles como hormigas por un laberinto.

Hirondel despertó de su profunda siesta, y las damas la vistieron, la peinaron, la perfumaron. ¡Miradla, sentada y callada, soñando con los ojos abiertos, rodeada de mujeres que adornan y aderezan su pelo y su piel! Mirad a Hirondel, entre los pobres nacida princesa, a un paso de ser reina entre los ricos.
Vestida de blanco, espolvoreada de diamante, descendió las escaleras.
Sentía que nunca había estado tan hermosa.

Las nupcias fueron celebradas en el Salón de las Espadas Cruzadas. Los ministros del rey, los jefes militares, los héroes guerreros y los vasallos destacados estaban allí, solemnes, silenciosos. Era una pequeña muchedumbre celebrando una ceremonia en el desierto.
Hirondel y Manes estaban de pie, uno al lado del otro, inmóviles, mirando hacia el trono. Los súbditos aguardaban detrás de ellos. Sólo el Sumo Sacerdote, vestido de rojo, los enfrentaba.
Con un rojo aceite el Sumo Sacerdote ungió las frentes de los desposantes, primero la de Manes, después la de Hirondel; y murmuró unas palabras, que Hirondel no comprendió.
Manes la tomó por los hombros y la besó; Hirondel se abandonó a sus fuertes brazos y respondió a su beso.
Y luego Manes subió los trece escalones que lo llevaban a su asiento en el trono; e Hirondel subió los diez escalones que la llevaron a los pies del rey. Y Manes se inclinó hacia ella desde su trono y colocó la corona de reina en sus dorados cabellos.
El Sumo Sacerdote golpeó con fuerza un gong, y un heraldo en la antesala del palacio golpeó otro gong; y escaleras arriba uno tras otro un sinnúmero de gongs fueron sonando, hasta que el son llegó al vigía. Y el vigía en su torre lanzó una bengala, una bengala roja como la sangre que fue vista al Norte y al Sur y al Este y al Oeste en Catenaria.
Y al verla, todos en Catenaria gritaron, como les había sido ordenado:
- ¡Que la reina haga feliz a nuestro rey!
Y todas las trompetas de Catenaria sonaron en la noche.

Cerrados sus labios; exaltado, expectante su corazón; Hirondel entró de la mano de Manes a la alcoba real.
Esta se hallaba en la torre más alta del palacio; y la torre se elevaba como un faro que quisiera alumbrar el reino entero, pero no daba luz.
La ventana estaba abierta, dejando ver casi todo el Cielo.
Hirondel suspiró, desviando su mirada por un momento hacia la noche. Las estrellas eran diamantes brillando a través de un cristal nublado. Manes apagó, con su pulgar, las trece velas del candelabro. Entonces las estrellas brillaron más.
E Hirondel se dijo “Quiero verlas llover”.
Sintió dos manos fuertes en sus suaves hombros. Manes la estaba desvistiendo. Ella tembló, como una mariposa que agita las alas.
Su vestido cayó a sus pies, acariciando su cuerpo al caer como si quisiera anunciar las caricias de Manes. Ahora estaba desnuda, desnuda para su rey.
Manes también se desvistió. Y, abrazados, cayeron suavemente sobre el tálamo.
Hirondel cerró los ojos. Sintió un dolor intenso, pero contuvo el grito.
¿Estarían lloviendo las estrellas? Ella estaba sangrando, lo sentía, y el aliento del rey abrasaba sus labios. No quería abrir los ojos: tenía miedo de lo que fuera a ver, miedo de los ojos de Manes, miedo de ver al hombre que la estaba hiriendo dentro de su cuerpo y que no le hablaba, no la besaba, no la acariciaba. Manes la aferraba como si ella se quisiera escapar, lacerando su piel con rugosas manos de hierro. Manes se movía, una y otra vez, y cada una de esas veces le daba dolor y más dolor.
- ¿Mi rey? – pudo decir Hirondel.
- ¿Sí, mi reina?
- ¿Me amas?
- Por supuesto que te amo.
Un sollozo frío subió por el pecho de Hirondel. Si en verdad la amaba ¿por qué había sonado tan indiferente, como si en verdad hubiera dicho “Cállate y déjame hacer”? ¡Ay! El dolor dentro de su cuerpo, ya no lo sentía, ahora que conocía el dolor de haberse dado toda ella a quien no le daría nada.
Manes alcanzó el éxtasis, y salió de ella. Hirondel se quedó tendida sobre el tálamo, sus piernas aún abiertas, sus ojos llenándose de lágrimas.
En el piso quedaba el vestido, el que anunciara caricias que nunca llegarían.

Esa noche, Filomel apagó la vela, y se asomó a su solitaria ventana.
Cayó una estrella fugaz. Y la estrella encendió en su corazón una tristeza inexplicable.
Cantó al cielo la antigua canción:

¿No sabes que es mi corazón
La blanca estrella que cae
A través del cielo azul?