La hija de las llamas (cuento, primera parte)

De "El ruiseñor y la golondrina y otros cuentos" (2007)

Aquí comienza la historia de Valeria y Gastón, también llamada “La hija de las llamas”



Alma que peregrinas en el Cosmos, si en esta historia encuentras dolor, que ese dolor te traiga recuerdos. Si encuentras odio, que ese odio te haga comprender. Si encuentras crueldad, que la crueldad te despierte compasión. Compasión, no por el alma que la sufrió, sino por aquella otra, la que la ejerció, que es quien de verdad la necesita.

Hace poco, un joven de unos veintisiete años, a quien llamaré Gastón, bajó de un colectivo frente a una casa vieja con un gran jardín, en una calle de la localidad de San Andrés. Era lunes a la mañana, y el lugar era apacible como una siesta en el campo, con brisa y sombra y trinos de pájaros. Los árboles de la vereda eran viejos y altos y frondosos, y llenaban el aire con el aroma de sus hojas y flores. Un lugar para quedarse a vivir, se dijo Gastón.
Cruzó la desierta calle y se asomó al jardín inmóvil de una casa de dos plantas, cuyas ventanas estaban cerradas todas, con excepción de una. Esta se abría a un penumbroso salón, que en su misterio se insinuaba amplio y emitía un silencio sólido, inequívoco. Las paredes de la casa eran de vieja piedra gris; un pórtico daba sombra a una acera de baldosas con algunas macetas y una reposera. A ambos lados de la casa, el pórtico formaba sendas esquinas y se extendía hacia el fondo bordeado de una generosa franja de jardín. El jardín era grande, verde, ligeramente agreste. El pasto parecía haber sido cortado hacía cuatro o cinco días. Desde un arbusto trinaba un pájaro, de una fuente de piedra otro pájaro bebía. No había más flores que unos violáceos racimos de hortensias en la exuberancia verde oscura de una planta. Un árbol viejo y nudoso daba sombra a una mesa de piedra que era también un tablero de ajedrez, y a los dos abandonados bancos que la flanqueaban. Gastón se dijo, para darse coraje, que el lugar le agradaba, pero en realidad le causaba aprensión.
Tocó el timbre y esperó.
Silencio. Silencio. Más silencio. Pero él no volvió a tocar. No quería irritar al hombre a quien venía a ver, de quien nada sabía y, también, escondía la esperanza de que no estuviera y poder volver a su casa a olvidar el asunto. Pero no se fue; se distrajo mirando el jardín, las flores, el sapo de piedra de cuya boca brotaba el agua que nutría la fuente. Trató de conquistar la oscuridad débil, pero impenetrable de la ventana.
Al fin la puerta se abrió. Un hombre alto, delgado, lo miraba desde el umbral. Vestía traje gris, camisa blanca, corbata negra, ceñida hasta el cuello a pesar del calor. Su rostro era enjuto, moreno, sus ojos grises y sus cejas blancas, como el escaso cabello blanco que resistía alrededor de su cráneo. Sus largas y huesudas manos eran lo único en su cuerpo que, con un ligero temblor, se movía. Su rostro, y todo él, irradiaba una quietud de trance, como si se tratara de una estatua viva.
- ¿Gastón Meléndez?
- Sí, soy yo.
- Pase. Soy Salaberry.
Gastón entró, descorriendo el cerrojo del lado de adentro para abrir la puerta. Pasó junto al árbol, la fuente, la mesa de ajedrez; al verlos de cerca, los sintió más reales. Entró a la casa.
Estaba ahora en el ambiente oscuro que había excitado su curiosidad. Era un salón grande, de largos metros de fondo, con seis ventanas que daban al jardín; los postigos estaban abiertos y las persianas cerradas: entraba algo de brisa, pero casi nada de luz. Había muchos muebles antiguos, de noble madera, aunque esto no se apreciaba en la penumbra; y adornos varios y excéntricos: armas antiguas, vasijas, reliquias de todos los rincones del mundo. Al fondo del salón, un reloj de péndulo dio once pausadas campanadas. Salaberry, mirando a Gastón, dijo:
- Ha llegado usted temprano a la cita.
- Sí, es que estoy un poco ansioso.
Salaberry asintió.
- Antes que nada – dijo -, mis honorarios.
- Por supuesto – dijo Gastón. El compañero de trabajo que se lo había recomendado le había dicho que Salaberry cobraba por adelantado. Sacó su billetera, la abrió, entregó a su anfitrión cinco billetes de cien dólares.
Salaberry no los miró; los dejó debajo de un cráneo humano tallado en cristal de cuarzo.
- Siéntese, joven.
Gastón miró a su alrededor en busca de una silla. A su espalda había un sofá tapizado en terciopelo, pero no le pareció adecuado. Salaberry le indicó una silla de estilo inglés, en uno de los extremos de la mesa, una larga mesa de caoba protegida por un vidrio.
Salaberry abrió todas las ventanas, una después de la otra. La luz del día reveló una armadura en una esquina del salón, un sarcófago egipcio y una hilera de maniquíes, hombres y mujeres, ataviados con vestimentas del pasado del mundo. Por todos lados veía Gastón cosas maravillosas: esculturas africanas, ánforas conteniendo vinos milenarios, cabezas reducidas por los indios, máscaras rituales aborígenes, incluso algunas de las famosas piedras peruanas con grabados representando hombres junto a dinosaurios. Gastón, sin identificar todos estos objetos, movía su vista de uno a otro, asombrado, olvidando por primera vez aquello por lo cual había venido.
Sabiendo que Gastón se preguntaba por su colección, Salaberry dijo:
- Tengo muchos clientes ricos. Algunos son coleccionistas o dueños de pequeños museos privados. Ellos quisieran pagarme en efectivo, pero yo exijo piezas de su colección; si no acceden, no los atiendo. Pero no todas las conseguí de esa manera: algunas son obsequios, como las piedras que me regaló el doctor Cabrera, y otros los he comprado, como la cruz de Glastonbury.
Salaberry se sentó en un cómodo sillón bajo una ventana, a tres o cuatro metros de Gastón. Lo miró en silencio.
- Bueno – dijo al fin – Usted tiene una pregunta que hacerme.
- Sí – dijo Gastón. Al fin parecía que se acercaban a lo que él buscaba. Inclinándose hacia delante, dijo: - Pero no sé bien cómo hacerla.
- Dígame lo que tenga que decir.
- Tiene que ver con una chica.
- ¿Esa chica qué es de usted?
- Ahora, nada. Era mi novia.
- ¿Cuánto hace?
- Cinco años.
- ¿Cinco años que se separaron?
- Sí.
- ¿Y cuál es la pregunta?
- Por qué hizo lo que hizo.
- ¿Qué fue lo que hizo?

Y así Gastón contó la historia:

“La conocí en el CBC. Yo tenía veintiún años, ella diecinueve.
“El lugar donde me tocó estudiar había sido antes una fábrica; un edificio feo, de dos o tres plantas, con la blanca pintura descascarada y carteles pegados, o a medio arrancar, en todas las paredes, de adentro y de afuera. A pocos metros había una estación de tren; en toda la cuadra, y también del otro lado de la vía, había fotocopiadoras donde vendían apuntes de las cátedras y ejercicios resueltos. A comienzos del cuatrimestre y en vísperas de exámenes sus locales estaban atestados y de sus puertas salían colas de varios metros. A mí me gustaba caminar por el barrio entre clase y clase, por sus calles agradables, vestidas de árboles; en casi todas las manzanas persistían los huecos de las casas que, para que pasara una autopista que nunca se construyó, habían sido arrancadas de ellas, como dientes extirpados de una boca sana. Ahora, en esos espacios había estacionamientos, plazoletas, o nada; en sus huérfanas paredes habían sido pintados murales para un concurso, como para justificar la mutilación. Siempre me acuerdo de una mano que asomaba a un muro con alambre de púas, como si del otro lado trepara un prisionero intentando huir.
“El interior del edificio era gris; yo tenía siempre esa sensación incómoda del que ha madrugado para un examen o para un análisis de sangre. Faltaba aire, luz, lugar. Las aulas, que no tenían ventanas, estaban atestadas. Los profesores cerraban las puertas para que el ruido de los pasillos no molestara: sin aire que circulara, el polvo de la tiza quedaba flotando y los alumnos lo respirábamos. Al entrar y salir de clase, había que abrirse paso a codazos; podías tardar hasta diez minutos en salir del edificio. Pero era agradable ver tantas chicas juntas, con sus mochilas a la espalda o sus cuadernos bajo el brazo.
“Yo no iba a la Facultad a hacer sociales: por una mezcla de indecisión y problemas personales había perdido ya varios años y quería recibirme en el menor tiempo posible. Me sentaba siempre en la primera fila; participaba en las clases, prestaba atención, hacía preguntas; en mi casa estudiaba, resolvía los ejercicios. La única persona con quien hablaba era Román, mi compañero de banco.
“Quien un día me dijo:
“- Che ¿te diste cuenta de cómo te mira Valeria?
“- ¿Quién es Valeria?
“- ¿Cómo quién es Valeria?
“- No sé quién es.
“- Bueno, pero de vista la tenés que conocer.
“- ¿Cuál es?
“El la señaló con un gesto de la cabeza.
“Yo miré sin disimulo.
“La tal Valeria me estaba mirando. Ella tampoco disimulaba. Al contrario, miraba como si quisiera que yo tomara nota. Pero yo no la había visto antes, y me sorprendí de ello, pues era muy atractiva. Sus ojos eran grises, de un gris claro, arenoso, opalescente; su cabello negro azabache, casi lacio, caía hasta la mitad de la espalda... Vestía un suéter y un jean ajustado que resaltaban su cuerpo, armonioso y atractivo.
“Esa fue la primera vez que la vi, y desvié la vista al instante, como si hubiera presentido un peligro.
“Y me olvidé de ella... hasta la mañana siguiente.
“Llegaba tarde, medio dormido. Al dar la vuelta al recodo del pasillo antes de entrar al aula choqué con alguien. Era una chica, que ahora estaba en el piso, pero no fue hasta que me incliné para ayudarla que la reconocí. Por un instante quedé inmóvil. Valeria me miraba desde el suelo; sus ojos parecían fluir como la arena de un reloj. Con un temblor recogí su cuaderno, que había quedado caído a su lado; quise evitar el roce de su mano, pero ella, en lugar de ponerse de pie, se quedó en el piso esperando que la ayudara. Cedí; le di mi mano, y ella la tomó, y sentí la de ella, tan cálida, tan agradable al tacto... Al levantarse ella acercó su busto a mi pecho, sin llegar a rozarlo, y me miró de cerca, y dijo “Gracias” con su voz suave, un susurro sensual.
“Se fue por el pasillo, y yo me di vuelta para mirarla. Ahora sí, yo la deseaba.

“El viernes tenía un trámite que hacer a la tarde. Salí de la Facultad con prisa, sin saludar a nadie; quería ir a mi casa, almorzar y dedicarme a ese asunto. Pero mientras caminaba a toda velocidad hacia la parada del colectivo, una voz femenina me llamó “¡Gastón!”
“Era ella. Antes de darme vuelta, ya la había reconocido.
“Me alegré y lo lamenté a la vez.
“Valeria me alcanzó trotando. Trotara, riera o tosiera, ella nunca descuidaba la gracia femenina de sus movimientos.
“Se detuvo a menos de un paso de mí, sensual como nunca.
“- ¿Qué pasa? – dijo - ¿Estás huyendo de mí?
“Yo la miré sin saber qué decir. Ella rió, me dio un golpecito en el hombro.
“- Es un chiste, tonto – me hablaba como si me conociera de toda la vida – Escuchame, te tengo que hacer una consulta ¿vos entendiste la regla de L’Hopital?
“- Sí – “¿cómo no la voy a entender?”, pensé.
“- ¿Seguro? ¿No me estás chamuyando? – me miró medio de perfil. Esa mirada me hizo reír, y la risa me distendió un poco.
“- ¿Qué querés, que te la explique?
“- Sí, porque yo no entendí nada – dijo haciendo pucheros, y mis piernas temblaron. Sus guiños, sus caídas de ojos, sus miradas de soslayo la hacían irresistible – Soy media tonta yo ¿viste?
“- No digas eso. Vas a ver que es fácil – dije, preguntándome por qué la alentaba - ¿El lunes después de clase? – mientras hablaba, deseaba tocar su cabello, acariciar su mejilla, pero me contenía.
“- No sé si voy a poder– dijo ella - ¿Me llamás el domingo?
“Viendo que yo vacilaba, Valeria anotó su teléfono en la esquina de una de las violáceas hojas de su agenda, la cortó y me la dio.
“- Llamame.
“Me dio un beso, dejando en mi mejilla el roce de sus labios, y se fue.
“La miré hasta que se perdió de vista.

“Inesperadamente, la vi el sábado.
“Fue en el cumpleaños de Román. El viernes me había ido de la Facultad con tanta prisa que Román no había llegado a hablarme de la fiesta. Llamó a mi casa a la tarde, mientras yo estaba en el trabajo, y dejó en el contestador un mensaje con la dirección y horario.
“Yo fui para ver a Valeria, pero no sabía si ella estaba invitada.
“Y no quería admitir que iba por eso.
“Llegué tarde; ella llegó aún más tarde, y cuando entró, su mirada pasó a través de mí como si yo no existiera. Fue directo a Román, y lo abrazó y lo besó, riendo, diciendo palabras que el volumen de la música me impidió escuchar. Se sacó la campera de jean que traía y se la dio a Román, que la llevó a su cuarto con el resto de los abrigos, mochilas y carteras. Me acerqué a saludarla, y ella, sorprendida como si no me hubiera visto, gritó: “¡Gastón!” y colgándose de mi cuello, me besó ruidosamente cerca de la boca.
“- ¿Querés tomar algo? – le ofrecí.
“- ¡Cerveza! –me dijo.
“Serví vasos para ambos y bebimos. Mientras trataba de inventar un tema de conversación, Valeria miraba hacia el otro extremo del living. De pronto me dijo:
“- Ahora vengo, Gastón, voy a saludar a un amigo.
“La esperé, pero en toda la noche no volvió. Su amigo se veía muy entusiasmado, y al rato los vi bailando. Valeria era la mujer menos inocente que he visto, ondulando su desnuda cintura como una serpiente encantada, sintiendo mis ojos sobre su cuerpo, evitando hábilmente que nuestras miradas se encontraran. Una y otra vez, su amigo intentaba besarla y ella, sin dejar de sonreírle, esquivaba sinuosamente su boca. Cansado de esto, me fui en medio de la noche sin que ella me viera.

“Al día siguiente no la llamé. ¿Quién hubiera tenido ganas de hacerlo en mi lugar? Pero el lunes, en clase, la cercanía de Valeria no me dejó prestar atención a lo que explicaba la ayudante. Cuando terminó la clase la miré para saludarla. Ella venía hacia mí, con su cuaderno en la mano y su cartera en el hombro. Pasó por mi lado y me dijo al oído, rozándome con su cabello:
“- ¿Hoy sí me llamás, malo?
“Alcancé a decir “Sí”, mientras ella se iba sin mirar atrás.
“De la Facultad fui al trabajo. Todo el tiempo la imagen de Valeria estaba en mi mente: su voz, sus gestos, su agridulce simpatía, su sensualidad.
“Cuando llegué a mi casa la llamé. El corazón me latía deprisa mientras pulsaba los dígitos de su número.
“- ¿Hola? - me atendió una señora. Su voz era dura, antipática. Le dije, vacilando:
“- Hola ¿está Valeria?
“- Sí ¿quién le habla?
“- Gastón, del CBC.
“- Ya te doy.
“Oí un ruido seco, como si el tubo hubiera sido apoyado en una mesa; luego, los pasos de Valeria; hasta creí oír su respiración.
“- ¿Hola...?
“- Hola ¿Valeria?
“- Sí ¿quién es?
“- Gastón.
“- ¡Hola! Ya pensé que no llamabas.
“- Bueno, llamé – dije, sintiéndome un idiota.
“- Me alegro.
“Hubo un silencio.
“- Bueno ¿qué querés hacer? – dije al fin.
“- ¿Podés esta noche?”
“- Ok.
“- Si podés, eh. Si no podés, no.
“- Sí, sí, puedo. ¿Querés que vaya para allá?
“- Hoy va a ser muy complicado, porque mi mamá recibe visitas, y mi hermana está con el novio. ¿Qué tal tu casa?
“Tragué saliva.
“- Está bien. ¿A qué hora?
“- Yo estoy por allá a las nueve. Voy a llevar algo rico.
Cada palabra que decía me hacía temblar, como un toque eléctrico de sus dedos.
“- Dame tu dirección.
“Es lo último que recuerdo de la conversación.

“Entonces vivía solo en un departamento de dos ambientes, cómodo y bien provisto. Después de hablar con Valeria – era otoño y a las ocho ya había oscurecido – abrí la heladera, la alacena, miré la pequeña estantería que servía de bodega; luego eché una ojeada a los compacts, pensando qué música sería apropiada. Una vez decidido qué habría de cenar, de beber, y de bailar, me senté en el sofá a oír el tictac del reloj.

“Tic tac, tic tac.
“Dieron las ocho y media.
“Tic tac, tic tac, tic tac.
“Dieron las nueve, la hora a la que Valeria había dicho que llegaría. Pero no llegó. Se hicieron las nueve y cinco, las nueve y diez, y Valeria no llegaba.
“Tic tac, tic tac, tic tac. Mi vista se quedó en la aguja, tanto tiempo que llegué a percibir su movimiento. Nueve y cuarto, nueve y veinte, nueve y media. Tic tac, tic tac, tic tac. Recordé lo que había pasado en la fiesta y pensé que ella estaba jugando conmigo.
“Entonces el timbre sonó, sobresaltándome. Levanté el tubo del portero eléctrico. Era ella. Sentí su voz en mi oído sin entender muy bien qué decía, contagiándome un temblor.
“Bajé, abrí la puerta. Mientras hacía girar la llave, mi mano temblaba.
“Ella entró, me besó en la mejilla, cerca de la oreja. En ese momento mi último deseo de resistir cayó. La miré caminar por el pasillo delante de mí, enfundada en un jean negro. Deseé que lo que iba a suceder sucediera en el ascensor, pero no sucedió. Durante los ocho pisos que subimos, ella se dedicó a mirarse al espejo, como si yo no existiera.
“La hice pasar.
“- Ay, Gastón, qué lindo depto.
“- Sentite cómoda – le dije.
A mis palabras ella se sacó el suéter y lo arrojó al respaldo de una silla. Sus pechos presionaban la tela de la blusa.
“- Sentite cómodo vos también.
No respondí. Fui a la cocina.
“- ¿Querés tomar algo?
“- ¿Qué tenés?
Su voz me sobresaltó. Sin hacer ruido, había seguido mis pasos y había hablado cerca de mi oído. Me di vuelta, con la intención de besarla, pero al tenerla frente a mí, con su desconcertante sonrisa, no supe qué hacer.
“- ¿Y?
“- Y ¿qué? – dije, sintiéndome un tonto.
“- ¿Qué tenés de beber?
“ Me sentí aún más tonto. Había creído que ella diría “¿Me vas a besar, o no?”
“- Tengo café, té...
“- ¿Y de alcohol?
“- Acá hay una cerveza...
“- ¿Tía María?
“- No me queda.
“- ¿Cómo que no te queda? ¿Te lo tomaste con alguna chica?
La miré. Estaba sonriendo, como si nada de lo que decía lo dijera en serio.
“- Tengo Johnny Walker – dije. A cada cosa que decía me sentía más estúpido.
“- No, el whisky me da dolor de cabeza. Además, no quiero emborracharme. Después de todo, estoy en la casa de un extraño...
Se fue al living y se sentó en el sofá, dejándome una curiosa sensación de alivio. Preparé dos cafés y los serví en una mesita. Mientras bebíamos en silencio, ella sacó el cuaderno y lo abrió en la clase de ese día.
“- ¿Vos entendiste lo que explicó la mina hoy? – Valeria casi gritó, hiriendo el silencio.
“Yo ni siquiera había oído lo que dijera la ayudante, pero en el cuaderno se veía bastante fácil. Mientras le explicaba, ella se acercaba a mí moviéndose imperceptiblemente. Ahora miraba por sobre mi hombro, rozándome con su cabello. Uno de sus muslos ardía en el mío. A mis explicaciones, asentía con un sonido apagado, cada vez más parecido a un ronroneo.
“Ya ni recuerdo cómo, la besé. Nos recuerdo en el sofá, abrazados, besándonos, mis manos recorriendo su cuerpo con frenesí. Nos recuerdo desnudos, un rastro desordenado de ropas yendo del living a la cama. La recuerdo sobre mí, su húmedo calor protegiéndome como un hogar y su mirada hipnótica, paralizante, carcelaria. Recuerdo su aliento en mi cara, sus manos en mi espalda; recuerdo en sus ojos un abismo de angustia que, como un sueño, se abrió por un instante. Enseguida vino el éxtasis, y luego no dijimos una palabra y nos dormimos, uno al lado del otro, sobre las sábanas, abrazados por la calefacción. Antes que mis ojos se cerraran extendí el brazo para apagar la luz.

Esa noche sucedió por primera vez.
Un atroz alarido desgarró mi noche. Sobresaltado, me incorporé a medias en la oscuridad, y enseguida sentí uñas clavadas en mis hombros y en mi pecho. Entonces recordé a Valeria. A tientas encendí la luz.
“Ella estaba abrazada a mí, su rostro sobre el mío, ardiente de lágrimas.
“- Abrazame, Gastón – hablaba entre sollozos – Abrazame.
“La abracé. ¿Qué otra cosa podía hacer? Medio dormido aún, acaricié su cabeza, le dije palabras de consuelo, de cariño.
“Al fin ella se durmió, la cabeza sobre mi pecho. Cuidando de no despertarla, apagué la luz y me dormí yo también.

“A la mañana siguiente fuimos juntos a la Facultad, nos sentamos uno al lado del otro.
“El viernes a la noche fuimos al cine, y aún era temprano cuando entramos a mi departamento e hicimos el amor.
“Valeria se quedó en mi casa todo el fin de semana.
“Primero había creído que sería sólo una noche de sexo. Luego, que no iría más allá de una relación pasajera. Creí, o quise creer, que podría escapar del compromiso. Lo que sí sé es que no esperaba enamorarme de ella, pero me enamoré.

“Durante un tiempo no hubo desacuerdos entre nosotros. Salíamos, nos reíamos, hacíamos el amor.
“Todas las noches, a mitad de la noche, un grito horroroso me arrancaba del sueño, y las uñas de Valeria se clavaban en mis hombros y en mi pecho, y sus piernas aprisionaban mis piernas como tenazas. Noche tras noche me dormía sabiendo que me aguardaba ese violento despertar, y cuando llegaba, abría los ojos y encendía la luz. Ella lloraba, en mis brazos y en mi pecho, y sólo se dormía si yo la abrazaba.
“Noche tras noche, cuando el llanto cesaba, yo le preguntaba qué era eso. Ella se negaba a responder, o esquivaba mi mirada, diciendo que no sabía. A veces me rogaba entre sollozos que me quedara para siempre junto a ella, que no la dejara dormir sola; que hiciera ella lo que hiciera, no la abandonara; que, por lo que más quería, nunca permitiera que ella pasara una noche sola. Y yo se lo prometía, extrañado, confundido.
“Pero en la casa de sus padres, las noches de Valeria llegaban, dolían y se iban sin abrazos ni consuelo. De niña había sido su padre quien la abrazara y la consolara. Pero con los años, todos en la casa de Valeria se acostumbraron tanto a sus gritos y a su llanto, que para ellos era lo mismo que el silencio. Cada noche que despertaba en la casa de sus padres, Valeria lloraba sola, aferrada a su almohada.
“Así se terminó la paz de mis noches, no sólo cuando Valeria dormía conmigo, sino también cuando dormía lejos de mí. Cuando la hora se aproximaba presentía la sombra de sus uñas, el eco de su grito. Despertaba con ella, y al comprender que no estaba a mi lado la imaginaba en su casa, gritando y llorando sin mis brazos para abrazarla, sin más compañía que la noche que ella tanto temía.
“Fue así como llegué a proponerle que viviera conmigo.
“Lo hice una de esas noches, en medio del horror. Ella me miró largo rato, en los últimos temblores de un llanto que se negaba a morir. Al fin dijo:
“- ¿Me hablás en serio?
“- Sí – le dije mirándola a los ojos – No quiero que estés sola cuando te pasa esto – y agregué: – Vale, yo te amo.
“Ella pareció sentir un alivio que estaba más allá de su comprensión. Al rato se durmió, y fue la única vez que vi la paz en su rostro dormido.
“Para mi sorpresa, Valeria durmió la siguiente noche en la casa de sus padres, y volvió a dormir en la casa de sus padres dos o tres veces en esa semana y la siguiente.
“Al fin, me dijo que se quedaba. Me lo dijo con mucha dulzura, y me abrazó largo rato, en silencio. Luego se levantó y, dándome un beso, se fue a la casa de sus padres a buscar sus cosas. Llegó en un taxi, trayendo su ropa, cosméticos, útiles de la Facultad y un cuaderno donde escribía su diario. Cuando bajó del taxi me dijo que eso era todo lo que tenía en el mundo.
“Me fui a trabajar, y al llegar la llamé. Me dijo que estaba escribiendo en su diario y escuchando música. La imaginé junto a la ventana, el sol de la tarde revelando hilos dorados en su oscuro cabello.
“A la noche celebramos con una cena a la luz de las velas y un vino selecto. Miramos algo de televisión, vestidos sobre la cama, y reímos un poco. Luego yo quise desvestirla, y ella dijo:
“- No.
“- ¿Qué? – dije, sin creer lo que había oído.
“- Hoy no.
“- ¿Por qué?
“- No quiero. ¿Qué pasa, no podés estar una noche sin hacer el amor?
“- Bueno, sí puedo, pero...
“- Entonces no se hable más. Hoy no.
“Y no hablamos más. Ella se durmió, la paz en su rostro. Yo encendí la televisión, la apagué, miré a la mujer que dormía a mi lado. Dentro de mi cabeza, las preguntas, las imágenes y los recuerdos iban y venían. El sueño llegó, al fin, a la hora que noche tras noche Valeria despertaba llorando. Pero esa noche, esa noche Valeria no despertó.
“A la mañana nos levantamos temprano, como todos los días, y tomamos el colectivo para ir a la Facultad. Durante el viaje ella habló y yo callé.
“Al salir de clase, le dije que quería ir a un lugar tranquilo a hablar de lo que había pasado. Ella me besó, me sonrió, me dijo que no había pasado nada. Cuando vio que yo iba a hablar nuevamente, me volvió a besar, me siguió besando hasta que yo respondí a su beso y el asunto pareció caer en el olvido.
“Pero yo no olvidaba.
“Yo recordaba.
“Recordé que al principio me había dado miedo. Recordé la sensación venenosa del primer contacto de su piel. Esa sensación revivía en el beso. Ahora el veneno estaba en sus labios, en su saliva, como antes estuviera en su mano, en el calor de su mano al contacto con la mía. Valeria me besaba y creía darme a beber el olvido, pero me daba el recuerdo, despertaba recuerdos que yo creía no tener, recuerdos de cosas que no había vivido. Con su mirada, me hipnotizaba; con sus caricias me enredaba en invisibles hilos, y el veneno que bebía de su cuerpo me hacía tan débil que no podía cortarlos.
“Y de pronto, como a la luz de un relámpago, lo vi: yo no sabía por qué estaba con ella. Lo comprendí ese día, mientras volvíamos a casa, los dos en silencio. Ella miraba por la ventanilla del colectivo, serena como un paisaje. No sabía lo que yo estaba pensando. No sabía lo que yo sentía, que no quería estar con ella, que nunca lo había querido. Que esa mujer no tenía nada que ver conmigo, pero me había atrapado y yo no podía escapar.
“Era su prisionero. Era adicto a su piel y su calor, a su boca y a esa otra boca, que era cielo e infierno, caverna y abismo... Yo necesitaba a Valeria como un adicto necesita a su droga. Si en ese mismo momento, mientras abrigaba tantos pensamientos contra ella, ella me hubiera abandonado, yo le habría rogado de rodillas que no me dejara solo.

“La vida con Valeria era una agridulce rutina. Durante el día, cuando estábamos juntos, muchas veces me daba la sensación de que no me escuchaba. Pero nunca discutíamos. Con Valeria no se discutía. Si el disgustado era yo, ella me obligaba con besos y sonrisas a callar mi disgusto. Si era ella, me apuñalaba con gritos o me hería con el filo invisible del silencio. Se dedicaba a sus asuntos – si no escribía en su diario, llamaba por teléfono a alguna amiga – y no evitaba mirarme: su mirada pasaba a través de mí como a través de un vidrio. Sin falta, a la noche venía la reconciliación: ella me hablaba como si no hubiera pasado nada, se acurrucaba junto a mí, me besaba, y terminábamos haciendo el amor.
“De vez en cuando ella decía, sin dar razones, “Esta noche no”. Se daba vuelta y se dormía en paz, dejándome solo con el rechazo. Y siempre que salía con esa ocurrencia, habíamos pasado un día perfecto, como dos enamorados.
“Pero casi siempre lo hacíamos, y después de hacerlo, yo apagaba la luz, y Valeria me hablaba. Sin decir nada, yo me dormía al arrullo de su voz. Me contaba su vida, su niñez, su adolescencia, me hablaba de su madre, de sus amigas. Le encantaba hablar de sí misma, de sus sentimientos, de las cosas que le alegraban, que la conmovían, que la entristecían; nunca hablaba de nada que no fuera ella misma, y mientras yo me hundía en el sueño ella seguía hablando y hablando. Al rato, lo de siempre: sus uñas, su llanto, el grito. A veces, hasta no haberme hecho jurar que no la abandonaría, que nunca permitiría que durmiera sola, Valeria no se volvía a dormir.
“Y siempre que yo le preguntaba, se negaba a decirme qué había soñado o por qué lloraba. Era como si mi pregunta le hiciera mal, y me miraba con ojos heridos, como rogando piedad. Sólo una vez dejé de lado esa piedad, y sus ojos, que imploraban, se endurecieron como balas.
“- ¡Imbécil! –me gritó - ¡Infeliz! ¡Qué te metés en lo que no podés entender! ¿No te das cuenta que si te dejo no sos nada?
“Retrocedí, asustado. Ella me dijo, con la misma dureza:
“- Esta noche dormís en el living.
“Y aunque era mi casa, obedecí y me fui a dormir al sofá. Pero no dormí.
“Una vez más, al día siguiente fue como si no hubiera pasado nada. Cuando se despertó, Valeria vino a buscarme y me besó con dulzura. Luego fue a la cocina a los saltitos y me preguntó:
“- ¿Desayunamos?

“Han pasado tantos años que no sé si recuerdo las cosas como fueron en realidad. Y en esos años he dedicado demasiadas horas a pensar sobre ella, quién era realmente, por qué hacía lo que hacía. A esta última pregunta, nunca se me ha ocurrido una respuesta, ni siquiera una respuesta estúpida. Y no he llegado a ninguna conclusión acerca de nada, excepto lo que siempre supe, que ella tenía sobre mí un poder casi absoluto. Y que su cuerpo, su voz y su mirada eran armas, que usó primero para seducirme y para atraparme, y después para atacarme y para matarme.
“Porque había dos Valerias, pero las dos eran la misma. Y con la misma boca, una besaba y la otra mordía.
“El cuerpo de Valeria era bello como cualquier bello cuerpo de mujer, pero su forma de moverse era sólo de ella. Cuando bailaba, era como una hoguera sacudida por el viento. Y su voz, su verdadera voz, creo que nunca la oí; su voz nunca era su voz; era una voz para seducir y atraer, o para gritar y golpear, para desterrarme de su mundo y con ello del mío, porque mi mundo ya no existía, era una provincia del mundo de ella. Y con la misma voz me llamaba de vuelta, ya podía volver a casa, no había pasado nada, estábamos en paz.
“Su mirada era la menos transparente que he visto en una persona. Era ingrávida y densa a la vez, a la vez clara y oscura. Podía ser dulce, pero rara vez lo era; incluso durante la seducción, había mostrado casi todo el tiempo su lado provocativo, sensual. Había en sus ojos algo turbio, algo que nunca dejaba ver su fondo, ni siquiera en esos momentos en que nos abrazábamos de corazón y había paz entre nosotros. Y cuando se enojaba, y cuando me negaba su cuerpo, y cuando me golpeaba con su voz, la mirada de Valeria no parecía humana. Eran los ojos de una serpiente, de un demonio.
“Un día llegué del trabajo y cuando abrí la puerta del departamento la vi sentada en el piso. La saludé; ella no respondió. No fui a besarla, pues no sabía si era que no me había oído o que me estaba ignorando. La saludé otra vez, y tampoco hubo respuesta. Entonces vi que su mirada estaba fija en su propia pierna. En su pantorrilla desnuda había una enorme araña negra, de abdomen grande como una avellana y seis velludas patas articuladas, quieta como un tatuaje. Creí que Valeria estaba paralizada del miedo, y me acerqué con sigilo, susurrando:
“- Quedate quieta.
“Pero uno de mis pies chocó con la pata de un mueble. Alertada por el ruido, la araña bajó al piso cosquilleando por la pierna de Valeria, y yo la asesiné de un fuerte pisotón.
“Valeria me miró con odio sin límites, pero eso duró menos de un instante. Con afectada calma se levantó, pasó junto a mí y me dijo al oído palabras que no comprendí, pero nunca olvidaré:
“- La compasión es humana ¿no?
“Ella se fue al dormitorio, y yo me quedé sentado en el living, en el sofá donde nos habíamos besado por primera vez. Sus palabras me habían dejado helado, pero no podía encontrarles ningún sentido. Me daba cuenta de que ella no había tenido miedo de la araña, que más bien había estado jugando con ella, que quizá ella misma la había invitado a subir a su pierna. Todavía me miraba desde el suelo el cadáver deshecho, con ojos que ya no era posible distinguir. Lo levanté con un diario viejo y pasé el trapo de piso con agua y lavandina.
“Tenía miedo de ir al dormitorio. Pero después de un rato, Valeria me atrajo con su voz dulce, llamándome por nombres tiernos, y yo fui, como quien sabe que va a una trampa.
“Pasamos toda la tarde abrazados en la cama. Yo descansaba mi cabeza en el pecho de ella y ella acariciaba mis cabellos. Pero yo tenía miedo. Sentía la mirada de Valeria en mi cabeza como si sus ojos quisieran incendiarme.
“Sus manos descendieron por mi cuerpo como serpientes. Me desvistieron casi sin que yo lo sintiera y su voz dijo en mi oído si quería que bailara desnuda para mí. ¿Qué hombre hubiera dicho que no? Y mientras bailaba y se desvestía, me preguntó si me acordaba del cumpleaños de Román. A cada pregunta de ella respondía yo con un hilo de voz, y ella me contó que me había visto irme, y que se había sentido ignorada y herida, y que por eso se había dejado besar por ese chico que ni siquiera le gustaba, y que no era amigo de ella ni lo conocía, sino que ella había ido a hablar con él para ponerme celoso; y que luego habían hecho el amor en el cuarto de Román, y que Román lo sabía, y que si no le creía que le preguntara a Román. Y luego mientras me daba placer con sus manos y sus bocas me hablaba de ese chico y me decía que todo lo que me estaba haciendo a mí se lo había hecho a él, y que él había gozado tanto como estaba gozando yo.
“Y cuando alcancé el éxtasis me dijo “Placer por dolor, Gastón” y se fue a dormir al living. Esa noche no hubo uñas ni llanto.